HUMANIDAD: CUESTIÓN DE CROMOSOMAS?
Autor: Carmine Camarca
     Desde siempre el ser humano se pregunta sobre el porqué él sea la criatura dominante sobre la Tierra. Y explicaciones han surgido muchas. La primera la ofrece la Biblia, y es de carácter religioso: el mundo habría sido "creado" para el hombre. Sucesivamente, se pensó que la capacidad del hombre de adaptar el medio ambiente en vez de adaptarse a él haya sido lo que ha marcado la diferencia. En fin, con la evolución científica se ha llegado a restringir la evolución humana al campo del cerebro, o mejor de las "circonvoluciones cerebrales", de las que parece nacer la inteligencia humana. El hombre ha de todas formas adoptado comportamientos siempre muy particulares hacia las demás especies viventes, probando placer en "dominarlas", algunas veces, otras simplemente en "humanizarlas", es decir en ver en ellas comportamientos similares a los propios.
     Podríamos por lo tanto ser propensos a pensar que las semejanzas que de vez en vez hallamos con los primates se deban a esta razón, pero no es así. A demostrarlo es un artículo publicado por la prestigiosa revista Times de octubre, que trae un estudio genético que creemos asombraría al mismo Charles Darwin y que, en el siglo XXI, focaliza aún más el campo de investigación de la evolución.
     Dicho estudio comienza por el análisis de los razgos que rinden los primates tán "similares" a los humanos: lo que mayormente sobresale son las manos prénsiles, con pulgar oponible, algo que consideramos siempre una ventaja exclusiva de nosotros seres humanos; y quien haya visto aunque sea un documental no puede ser insensible a la expresividad que sus miradas revelan. Pero la confirmación de estas sospechas iniciales entre nosotros y los primates ha llegado solamente en 1975, de los investigadores Mary-Claire King y Allan Wilson de la universidad de California: hombres y chimpancés condividen, según sus investigaciones, entre el 98 y el 99 porciento del propio ADN. Una verdadera relación parental, por lo tanto, de los tiempos de nuestro pasado más antiguo. Pero este estudio no se ha limitado a demostrarnos que efectivamente los chimpancé, los gorila y los orangutanes (nombre éste que significa "hombre de los bosques", como nos ha esclarecido el Salgari en sus libros) son "parientes", para así decirlo, de los seres humanos, sino que vá un poco más allá.
     A finales de los años ´90 un team dirigido por el investigador Svante Pääbo,
del instituto de antropología de la evolución Max Planck, ha llegado a un fascinante hallazgo: el gén FOXP2, la versión humana que tiene un rol fundamental en el desarrollo del lenguaje, habría evolucionado hace alrededor de 200,000 años, fecha que coincide con la aparición de los primeros "humanos"; pero analizado la cadena de aminoácidos de los que se compone la proteína codificada por el FOXP2 y comparándola con la misma proteína presente en varios grandes primates, la conclusión ha sido que sobre un total de 715 la diferencia de posiciones sustancial es únicamente de 2.
     Las pruebas genéticas no se detuvieron ahí, en el 2004 un team dirigido por Hansell Stedman de la universidad de Pennsylvania ha identificado una mutación casi invisible del cromosoma 7 que se encarga de la producción de miosina. La importancia antropológica de este descubrimiento está en el hecho de que el gen mutante habría impedido la expresión de una "variante" de esta proteína, la MYH16, inherente al desarrollo de los músculos maxilares. Para asumir carácter de evidencia, fue suficiente constatar que en los grandes primates esta mutación no existe: se vuelve por lo tanto claro, a los ojos de los investigadores, que están frente a la causa primaria por la que nuestros antepasados han desarrollado maxilas de dimensiones menores.
      Esta reducción de las dimensiones habría permitido el desarrollo del cráneo y consecuentemente del cerebro, por lo tanto, aunque sea una conclusión muy discutida: el antropólogo Lovejoy de la universidad de Kent State se ha opuesto, por ejemplo, a dicha afirmación, respondiendo que "los cerebros no han crecido porque les ha sido permitido, sino porque han sido seleccionados, ofreciendo a sus respectivos propietarios mayor habilidad de caza y mayores capacidades reproductivas".
     El año pasado llegó la confirmación definitiva de los análisis hechos en 1975: la diferencia entre el genoma humano y aquel del chimpancé es del 1.23 porciento, mientras son iguales el 29 porciento de las proteínas producidas. "Estos hallazgos - nos explica el biólogo Sean Carroll de la universidad de Wisconsin - no deberían ser demasiado sorprendentes si consideramos que antes de pasar en mapa el genoma humano en el 2000 creíamos que el hombre tuviese 100,000 genes y ahora sabemos que posee solamente 22,000". ¿A qué conducen estos descubrimientos, fuera del campo antropológico= Antes que todo a un avance en la genética: se considera siempre más necesario profundizar el estudio de esos fragmentos de ADN "no activos" que eran considerados irrelevantes mientras que ahora son estudiados como los "restos de la evolución", y sobre los que no nos extendemos en este artículo aunque estamos seguros de que futuros hallazgos nos llevarán a tratarlos.
     En campo antropológico es evidente que se trata de un enorme paso hacia delante en las teorías de la evolución humana, e indudablemente será aún mayor cuando, en unos años, el profesor Pääbo completará el mapa del genoma de un hombre de Neanderthal. La comparación debería traer nuevos significativos descubrimientos, que quizás nos ayudarán también a comprender mejor los acontecimientos protagonizados por los Neanderthal. No obstante, el antropólogo Lovejoy, de manera extraña, no está de acuerdo: "ellos no son más que un pequeño ejemplo aislado en Europa, no creo que llegaremos muy lejos estudiándolos". Evidentemente él no estaba todavía en conocimiento de los recientes hallazgos en Gibraltar. Ha de todas formas llegado el momento en el que los antropólogos deben partecipar activamente en dicha investigación, porque si a los biólogos va el extraordinario reconocimiento de descifrar nuestros códigos genéticos, a ellos les compete comprender el contexto "histórico" de la búsqueda. A ellos, además, les compete exclarecerle a la mayoría que la humanidad no es, como podría parecer de este estudio, una "cuestión de cromosomas": en nuestra opinión lo que realmente ha marcado la diferencia entre los hombres y las demás especies vivientes, y lo que ha permitido la expresión de estas propiedades cromosómicas indudablemente existentes, ha sido la capacidad humana, inexistente en los demás animales, de poder excoger los senderos de su propia existencia de vez en vez y no mantenerse extrictamente en las pocas "normas" de la ley de la Sobrevivencia. Una característica perfectamente resumida en el lema "Cogito, ergo sum".
Carmine Camarca