
Rapa Nui,
desafío arqueológico sin respuesta
Autor: Carmine Camarca
Rapa
Nui, isla de 162.5 quilómetros cuadrados del Pacífico
meridional, descubierta en el día de Pascua de 1722 por
el almirante holandés Roggeveen. El nombre, como vemos,
no deriva por lo tanto de las muchas sorpresas
arqueológicas que hallamos en el interior de su “huevo”,
es decir de su territorio. Con alrededor de 2000
habitantes y 163 quilómetros cuadrados la Isla de
Pascua, que pertenece oficialmente a Chile desde 1888
aunque muy lejana de las costas suramericanas, ha sido
definida hasta en el siglo XXI como uno de los mayores
misterios arqueológicos que el hombre haya enfrentado.
Indudablemente
el símbolo, podríamos decir, del misterio persistente,
aunque no el único, son las gigantescas estatuas
presentes en el territorio de la isla, mayormente
conocidas como “moai”. El abismo enorme entre las
dimensiones de estos restos en piedra y la civilización
neolítica que, oficialmente desde siempre, ha poblado la
isla es evidente a cualquiera que haya tenido la
posibilidad de observarlos. La imposibilidad aparente de
levantar estatuas similares por parte de un pueblo que
desconocía los medios mecánicos ha llevado a formular
obviamente muchísimas teorías; algunos la ven como el
último resto de un antiguo continente sumergido en el
Pacífico; otros suponen que haya sido poblada por un
antiguo pueblo asiático constructor de monumentos
megalíticos. Pero se trata, lo subrayamos, de teorías
que no hacen la mínima luz sobre las reales orígenes de
los misteriosos restos presentes en el territorio.
Los testimonios sobre
las costumbres de la población autóctona nos llegan
fundamentalmente del Roggeveen y del navegador
Jean-François de La Pérouse, este último llegado a la
Isla en el abril de 1786. La señalación más interesante
hecha por el navegador corresponde al notable interés
demostrado por los indígenas respecto a los medios y
conocimientos de navegación que poseían los recién
llegados.
Sucesiva
mente el análisis de la sangre ha demostrado el origen
polinesiana de los pobladores de Rapa Nui. Esto
esclarecía quizás la origen de las actuales poblaciones
de la isla, pero no el enigmático aspecto arqueológico.
Centenares y centenares de moai pueden verse majestosos
al lado del volcán oriental Rano Raraku, la mayoría
creados en tufo, aunque algunos hayan sido trabajados en
basalto. Su origen no es menos misteriosa que su fin:
muchísimas estatuas, alrededor de 150 según lo estimado
por Routledge en 1920, han quedado incumplidas, y una de
estas, que habría medido 23 metros de altura, está en un
cráter que ocupa por completo. Pueden ser fácilmente
descritas como troncos enormes, cráneos estrechos,
orejas muy largas
Qué misterio se
esconde detrás de la edificación de estas estatuas? Si,
como algunos suponen, se tratase de una forma de “culto”
al volcán Rano Raraku, a qué estaban entonces dedicadas
las estatuas puestas paralelamente en muros, llamados
“ahu”, presentes en el litoral, hasta en 15 por fila? Es
aun más oscuro el porqué éstas hayan sido halladas
derrumbadas en su mayoría ya en el XVII siglo, algunas
hasta dejadas por el camino, así como enigmático es el
hallazgo de restos óseos enterrados a sus pies.
Obviamente, la misma construcción de los “ahu” es
anómala, si consideramos que están compuestos por largas
superficies en piedra levigada sobrepuestas con
increíble precisión.
De qué medios
disponían los indígenas para levantar estatuas que pesan
toneladas? Para tener una idea de la proporción, véase
como la cabeza de una de las estatuas, conservada en el
Musée de l´Homme de París, pesa una tonelada y 200
quilogramos. La única planta presente en la isla es el
Celso; experimentos modernos han demostrado que es
imposible mover estos monumentos con cuerdas de fibras
enlazadas. Y, como hemos dicho arriba, no conocían ni
rulos ni la rueda.
Misterio entre los
misterios, la presencia de dos tribus, “Orejas cortas” y
“Orejas largas”, podría ser la causa de la interrupción
del trabajo de escultura, mientras que sus actuales
descendientes no quieren desvelar el secreto, quizás
simplemente porque no lo conocen. Expediciones desde la
mitad del ‘900 han descubierto como las estatuas tengan
incisiones de elaborados tatuajes actualmente cubiertos
por una larga capa. Quizás estos tatuajes estén de
alguna manera relacionados con el culto, aun celebrado
hoy en día, del dios Makemake, culto que llevaba a la
elección del hombre “ave”: el candidato debía recuperar
el huevo de una rara ave desde la cercana isla Moto Nui,
un desafío extremamente difícil y riesgoso si se
considera que el brazo de mar que divide Pascua de Moto
Nui está infestado por tiburones; dicha búsqueda
terminaba en Septiembre, y el “hombre ave” quedaba en
cargo por doce meces, considerado a la par de los
dioses, con poderes de vida y muerte. Un ritual, como ha
sido averiguado, que no ha sido practicado en otro sitio
del mundo que no sea la isla Rapa Nui.
Afortunadamente,
por así decir, existen testimonios escritos constituídos
por tablas de caracteres “busteofédicos”; como ha
ocurrido muy comúnmente en otros sitios, también aquí la
mayoría de las tablitas de madera ha sido destruida por
orden de los misionarios, y hoy en día existen
veintiuno, conservadas en Bruxelles, en el British
Museum, en Berlín, en Viena, en San Peterburgo y en
Santiago. Santiago.
Las “kohaurongorongo”, o “madera que habla”, no
han sido descifradas. Las primeras tablitas fueron
recuperadas en 1866 cuando la civilización “tradicional”
había ya sido casi totalmente destruída. En 1914 el
último habitante de la isla iniciado al arte de esta
escritura desapareció, y con él la última posibilidad de
intentar la descifración de la misteriosa escritura, que
se suma a la larga lista de enigmas. El inglés Vere
Barclay y el francés Lemosof veían una semejanza con los
jeroglíficos maya, mientras Wilhelm von Hevesy teorizó
una semejanza con la escritura, también indescifrada, de
la civilización de la valle del Indo, aunque el tiempo
entre la civilización harappiana de Mohenjo-daro y
aquella de Rapa Nui es de varios milenios. El vienés
Robert von Heine-Geldern declaró semejanzas con la
escritura china antigua, mientras que el argentino
Imbelloni la comparó con caracteres indianos del sistema
Brahmi. El alemán Barthel afirmó que la escritura no
reproducía la frase hablada, sino que se trataba de
textos estenográficos.
Quien sienta el
fascino de Stonehenge y no es insensible a la mirada de
la Esfinge, no puede no preguntarse que es lo verdadero
de las mil historias de la isla de Pascua.
Indudablemente la sensación es única: contrariamente a
muchos otros sitios, aunque del mismo fascino, la Isla
de Rapa Nui, remoto centro en el Pacífico, mosáico de
enigmas y desafíos arqueológicos, es una verdadera
frontera entre lo real y lo imaginario, entre la
clasicidad y la innovación, y ningún viviente puede
evitar de sentir una especie de respeto por reliquias
que, sin miedo de infringir tabus, podemos definir
pertenecientes a una civilización antigua y desconocida.
Y los moai quedarán aun por mucho tiempo con las
espaldas al mar y la mirada hacia su predilecta Rapa
Nui, mirada que, porqué no?, podemos definir
“enigmática”…
Carmine Camarca
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